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Con cautela traspasan los poros del cráneo y se introducen en los recobecos de los laberintos del cerebro; formando ríos de pesadumbre que inundan con bastante rapidez todo su interior.
En el brillo de sus ojos se asoman dos lágrimas ahogadas en su propia sustancia. Pequeño suspiro para el alma que intenta no perecer, aspirando aire por cada lágrima derramada. Si la incorpórea muriese, dejaría al cuerpo como simple mecanismo de supervivencia... máquina sin esencia.
Si no fuera por ella seríamos como un roble seco:
Creyéndose el ser vivo más fuerte, un día dejó de beber agua. Orgulloso de su hazaña, farda de su condición de superviviente, pero poco a poco fue convirtiéndose en colosal armadura de gran envergadura por la que había dejado de recorrer su componente vital. Avergonzado, se pudre desde dentro para que los otros árboles sólo puedan ver la apariencia de acero que los caracteriza... aunque sus gruesas grietas, sus raíces secas y los gusanos lo hayan condenado desde fuera.
No ates con raíz de roble la fragilidad de tu ser.

Damos la espalda a la vida cuando nos negamos a sentir, pues este mismo hecho es la cara de esta. Ya he dicho más de una vez que el ser humano sin sentir es tan solo un cadáver que aún respira.
ResponderEliminarPero tememos ser humanos, ser personas; Sustituir la fría y dura corteza por la piel. Los arañazos podrán doler más y seguramente perduren cicatrices. No obstante, cuanto más miedo se aguarde dentro de este tronco, más vulnerable se será por dentro, porque no se cuenta con la fuente de calor que desprende la vida.
Vive
(LLL)