No, esta vez iba a ser distinto. Por ello, era preciso leer todos y cada uno de sus anteriores artículos de barrio. Mientras los iba leyendo, encontraba tantas similitudes entre sí como errores garrafales que derrochaban inexperiencia. Pero había algo que se repetía en la mayoría de sus creaciones amorfas: la palabra tiempo.
Lo nombraba de todas las formas posibles y tampoco tenía orden establecido. El tiempo estaba por todas partes, no podía leer una sola línea donde no estuviera estampado. ¿Sería que estaba obsesionada con él? ¿Que ése fuera el círculo por el que transitaba su vida? No lo sabía.
Pero lo que sí sabía es que era sólo una palabra simple, abstracta y que podía tener muchas acepciones con las que jugar. Sin embargo, ella lo había convertido en un estilo de vida; en su estilo de vida.
Tiempo, tiempo y más tiempo era lo que rebosaba por su convexidad errante. Víctima o verdugo, acababa siendo un desgastado protagonista al que había que desterrar de su perspicacia estéril. Que no quedara rastro de lo que había malgastado o embrutecido a su paso, dejando un respiro para vivir sin dar constancia al reloj a cada segundo. Pero, tal y como dijo alguien en algún momento:
Tiempo al tiempo.

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