lunes, 4 de enero de 2010

Lágrimas ácidas

Abre los ojos una noche más. Ya es hora de levantarse de su profundo sueño que ha durado una década. El paso del tiempo ha dejado huella en el espacio recorrido; en el cuerpo habitado. Pelo, uñas, mugre... todo ha aumentado desde el último soplo de vida despierta y cuerda, ahora no es el mismo ser que era antes. Ahora puede que un alma desconocida haya desobedecido sus órdenes e ignorado toda clase de venganza para poseer su demacrado cuerpo nuevamente en pie.

Su primera hazaña fue mirarse en el espejo roto de su habitáculo, con ello comprendió lo que representaba su reflejo. Pudo leer entre las grietas del frágil cristal que su verdadero enemigo yacía en su interior y que en cualquier momento podría destruirla. Conocía todos sus secretos, sus virtudes y defectos... todo.

Manteniéndose frente a aquel espejo, nunca dijo palabra acerca de rendirse. Si el polizón que se había colado en su cuerpo lo sabía todo de ella, ella también de él. Enfurecido, sus ojos olvidaron sus colores natales para fundirse con el rojo y el negro, sentenciadores de una vida de masacre. "No tengo nada que perder. No más aún." Con estas palabras atravesó el cristal con la mano derecha y logró coger por el cuello a sus problemas, los que la ahogaban día tras día antes de envenenarse con sus lágrimas ácidas y caer dormida en un profundo sueño del que despierta década tras década, sin excepción. Acontecimiento que se repite una y otra vez como una maldición de alguien inmortal. Un final infinito para un alma infinita.

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